Devocionales

Tú mereces dejar de sufrir

17 de noviembre de 2020
Cuando Jesús lo vio allí, tirado en el suelo, y se enteró de que ya tenía mucho tiempo de estar así, le preguntó: —¿Quieres ser sano? Juan 5:6 (RVA-2015)

Entré a mi cita con mi consejero Jim, deseando haberla cancelado. Sencillamente no tenía ganas de afrontar el tema del perdón ese día.

Tantas cosas en mi vida se sentían inestables. No solo estábamos separados mi marido Art y yo, sino que existían capas de realidades complicadas que nos impedían poder sentarnos juntos y procesar los efectos secundarios después de su infidelidad. Estaba desolada. Destrozada. Y me tomó por sorpresa que esta pesadilla fuera mi vida real. No podía abrir mi boca sin que saliera corriendo un torrente de emociones.

Mientras estaba sentada en la oficina de Jim, me sentía totalmente desmotivada para hablar y excesivamente motivada para llorar.

«Lysa, ¿deseas ser sanada de esto?»

Asentí con mi cabeza. Sí, quería ser sanada de la devastación marital, de la conmoción de todas las maneras impredecibles en que las personas habían reaccionado a lo que pasó.

Pero ¿cómo podría yo empezar a ser sanada cuando no hubo ninguna resolución, ni restitución, ni reconciliación con Art, ni con otros que me habían lastimado?

Yo creía que aquellos que hacían mal se darían cuenta que estaban equivocados. Y luego, por supuesto, me pedirían disculpas y buscarían la manera de arreglar las cosas entre nosotros. Y después, yo consideraría el perdonar. Y después podría, posiblemente, ser sanada.

Mientras Jim seguía hablando, empecé a darme cuenta de la posibilidad de nunca llegar a sentir que las cosas fueron justas. Aún si las personas que me hicieron daño llegaran a arrepentirse y tomar responsabilidad por lo que hicieron, no llegaría a deshacer lo que ocurrió. Eso no me sanaría instantáneamente ni haría que algo de esto se sintiera bien.

Y en base a sus reacciones hasta ahora, ellos no iban a pedir perdón pronto.

Por lo tanto, tenía que separar mi sanación de sus elecciones. Mi capacidad de ser sanada no puede depender de las elecciones de otros, solo de las mías.

Entonces recordé algo que aprendí durante un viaje a la Tierra Santa cuando mi guía me enseñó sobre los únicos dos milagros de sanación registrados en el libro de Juan que Jesús realizó en Jerusalén. ¡Solo dos!

El primero fue una sanación en el estanque de Betesda.

En Juan 5 leemos acerca de un paralítico quien pensaba que necesitaba la cooperación de otras personas para ayudarle a entrar en las aguas cuando los ángeles las agitaban, según la superstición creída por muchos. Así que cuando Jesús vino y le formuló la pregunta que encontramos en nuestro versículo clave, “¿Quieres ser sano?”, la respuesta del hombre fue sorprendente. Él dio a Jesús una excusa basada en el hecho que nadie le ayudaría a bajar a las aguas.

¿No es asombroso que el hombre estaba tan enfocado en lo que los demás necesitaban hacer que casi se perdió lo que Jesús podía hacer?

Sin dirigirse a la multitud Jesús le ordenó levantarse, recoger su camilla y andar. Luego la Biblia dice, “Y en seguida el hombre fue sanado…” (Juan 5:9, RVA-2015). En la sanación no participó nadie más, solo el paralítico y Jesús.

El otro milagro de sanación es a un ciego y se encuentra en Juan 9. En esta historia, encontramos a los discípulos queriendo saber qué acciones causaron la ceguera del hombre. Sin duda alguna, alguien era culpable. Sin embargo, Jesús destrozó esa suposición. Él no culpó o avergonzó a nadie. Él dijo que la ceguera de este hombre “…Al contrario, fue para que las obras de Dios se manifestaran en él.” (Juan 9:3, RVA-2015). Entonces, Jesús escupió en el suelo, hizo barro con su saliva y se lo untó en los ojos del ciego, ordenándole ir y lavarse en el estanque de Siloé. Fíjense que Jesús no hacía que la sanación dependiera de que otras personas tomaran responsabilidad o hicieran algo.

Jesús dio la orden. El ciego obedeció. Jesús sanó. El ciego marchó adelante. Mi guía en Jerusalén ese día dijo, «Uno de estos milagros nos mostró una nueva manera de caminar y el otro nos mostró una nueva manera de ver».

No podía abrir mi diario lo suficientemente rápido. Escribí, “para poder salir adelante, para poder ver más allá de esta oscuridad actual, es entre el Señor y yo. No necesito esperar que otros hagan algo. Simplemente debo obedecer lo que Dios está pidiendo de mí ahora mismo. Dios me ha dado una nueva manera de caminar. Y Dios me ha dado una nueva manera de ver. Es el perdón. Y es hermoso”.

Oh, amiga, ¿qué pasaría si en lugar de esperar a que las cosas estén bien y sean justas, pusiéramos nuestra sanación en las manos de Jesús?

Nuestra capacidad de sanar no puede depender de otros queriendo nuestro perdón, sino solo en nuestra disposición a perdonar.

Nuestra capacidad de ser sanado tampoco puede depender de quienes reciben las consecuencias adecuadas por su desobediencia, sino solo en nuestra obediencia a confiar en la justicia de Dios, tanto si lo llegamos a ver o no. Podemos confiar que el pecado tiene consecuencias incorporadas. No tenemos que verlo para saber que la otra persona tendrá que enfrentarse eventualmente con lo que ha hecho. Mi sanación es mi elección. ¿Y tu sanación? Es con máxima compasión que digo que tu sanación es tu elección también.

Sé lo increíblemente difícil que es todo esto. Sin embargo, estoy descubriendo que lo que aprendí tanto en Israel como en la oficina de mi consejero es cierto.

Podemos quedar sanas. Podemos perdonar. Podemos confiar en Dios. Y ninguna de estas realidades hermosas pueden ser tomadas por otra persona.

Tú mereces dejar de sufrir por lo que otras personas te han hecho, querida amiga. Y hoy es un buen día para permitir que este proceso empiece.

Señor, confieso que el perdón y el ser sanada son a veces elecciones difíciles de tomar, pero sé que Tú me darás las fuerzas necesarias para caminar y pasar por estos procesos. Gracias por invitarme hoy a ver y caminar de una manera nueva y sana. Gracias por hacerme más como Tú. En el Nombre de Jesús, Amén.

Verdad para hoy

Salmo 147:3, Él sana a los de corazón quebrantado y les venda las heridas. (NTV)

Recursos Adicionales

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Nuestro Dios no es un Dios que no hace nada por Lysa TerKeurst.
Cuando te preguntas dónde está Dios en tu sufrimiento por Ruth Schwenk.
Manteniendo la esperanza por Joni Eareckson Tada.

Reflexiona y responde

¿Te has encontrado alguna vez atascada en una situación creyendo que tu capacidad de sanar dependía de otros y sus elecciones? ¿Qué tipo de esperanza encontraste en el devocional de hoy? Comparte tus pensamientos en los comentarios.

© 2020 por Lysa TerKeurst. Todos los derechos reservados.

Estamos agradecidas a nuestras voluntarias por su trabajo realizado en la traducción de este devocional al español. Conócelas aquí.

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