Devocionales

Los indicadores de la amargura escondida

8 de octubre de 2020
Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna. Salmo 139:24 (NTV)

Recuerdo cuando hace unos cuantos años, una amiga realmente hirió mis sentimientos y estaba muy resentida. Y, queridas, todos en mi casa sabían que mamá no estaba contenta. Intenté todo para volver a tener algo de gentileza en mi tono y en mi humor.

Repetía versículos.

Reprendía a Satanás.

Daba órdenes a mis emociones con la Verdad.

Hasta intenté tomar una siesta.

Sin embargo, ninguna de estas actividades me calmó.

Pero, lo que realmente me llevó al extremo era un mal olor que empezó a llenar mi casa, que ni siquiera tres velas fuertemente perfumadas podían enmascarar.

Desgraciadamente, mientras el terrible olor misterioso seguía flotando por toda mi casa, no importaba cuánto lo intentaba, no podía averiguar qué era o de dónde venía.

Por fin, me di cuenta de que una de mis hijas había puesto un contenedor de basura de la cocina en la esquina de mi habitación, para poder tirar trocitos de papel mientras completaba un trabajo de la escuela. Antes de traer el contenedor de basura a mi habitacion, evidentemente ya traía algunos restos de comida que habían sido tirados y habían sobrepasado un estado repugnante, llegando a las etapas finales de putrefacción.

No tenía las agallas de averiguar qué estaba causando esa peste. Solo supe que tenía que tirar la basura. De inmediato.

El olor era una indicación externa de una situación interna. Y la basura no era la única cosa que apestaba aquella noche. Mi actitud también.

Mi reacción era también una indicación externa de una situación interna.

La razón por la cual no podía calmarme repitiendo las Escrituras, dando órdenes a mis emociones, reprendiendo a Satanás o tomando una siesta era porque Dios quería que me diera cuenta del mal olor – algo dentro de mí que apestaba – un lugar que estaba empezando a pudrirse.

Una amiga me había hecho daño y no quise enfrentarme al asunto ni perdonar a la persona que me causó dolor. Había escondido la amargura en mi corazón e intenté fingir que no estaba ahí. Sin embargo, el pudrimiento existía y el mal olor de la profundidad de mi corazón seguía saliendo.

Dios no quiso que yo cubriera temporalmente la situación con sentirme bien en el momento. Él quiso que me enfrentara a la causa del pudrimiento – verla, admitirla, exponerla y dejar que Él la limpiara. De inmediato.

En nuestro versículo clave, se nos recuerda de la súplica del rey David al Señor, “Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna” (Salmo 139:24). Debemos tener esta misma actitud cuando se trata de nuestras propias vidas.

La manera en que reaccionamos es una indicación crucial de lo que está pasando verdaderamente dentro de nosotras. Un poco de putrefacción se extiende rápidamente y con furia si no se resuelve rápidamente. Y muchas veces una herida abierta llega a ser una herida desatendida que afecta a otros.

Por eso es esencial prestar atención a nuestras reacciones y estar atentas a los indicadores de la amargura escondida mientras le pedimos al Señor que nos señale actitudes dañinas en nuestros corazones hoy.

A continuación verás algunos indicadores de la causa en particular del pudrimiento:

  • Suelto frases como, «Tú siempre…Tú nunca… ¿Por qué nunca podemos …?»
  • Empiezo a juntar municiones de situaciones pasadas para defender mi argumento.
  • Uso palabras y un tono fuera de mi carácter natural.
  • Reacciono mal con otras personas cuyas ofensas no merecen esa respuesta.
  • Justifico mi reacción señalando lo dura que es mi vida ahora mismo.
  • Digo frases agresivas pasivas para demostrar que tengo la razón.
  • Exijo una disculpa, sabiendo todo el tiempo que yo debería dar una.
  • Siento escepticismo porque no se puede confiar en muchas personas y cinismo en general sobre el mundo.

Por favor entiende que, cuando personas, asuntos o situaciones chocan con nuestra felicidad, no está mal sentirnos molestas. Pero, si ese enfado nos lleva a una reacción exagerada al problema en cuestión, podemos estar seguras de que el origen de la situación es una herida sin atender. Como dice mi terapeuta, Jim Cress, «Si nuestra reacción es histérica, es histórica».

No es agradable reconocer estos indicadores pero no podemos resolver lo que no reconocemos. Y aquí está la belleza de la situación: cuánto más rápido vemos la causa del pudrimiento, más rápido podemos invitar a Dios a ayudarnos en la situación para enfrentarnos a nuestro dolor, sanar nuestro corazón y deshacernos del mal olor. Podemos asegurarnos de no estar multiplicando ni una pizca del daño que nos han hecho.

Querido Señor, trae a la luz cualquier cosa en mi corazón que necesita sanidad y atención. Y ayúdame a enfrentarme a estas áreas con Tu gracia y verdad. En el Nombre de Jesús, Amén.

Verdad para hoy

Efesios 4:31-32, Quítense de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos y calumnia, junto con toda maldad. Más bien, sean bondadosos y misericordiosos los unos con los otros, perdonándose unos a otros como Dios también los perdonó a ustedes en Cristo. (RVA – 2015)

Recursos Adicionales

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© 2020 por Lysa TerKeurst. Todos los derechos reservados.

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