Devocionales

Tu desastre jamás será demasiado para Dios

25 de octubre de 2021
Yo busqué al SEÑOR, y él me oyó y de todos mis temores me libró. Los que a él miran son iluminados; sus rostros no serán avergonzados. Salmo 34:4-5 (RVA-2015)

Sentada en mi silla de cuero favorita, con tres niños ya en la escuela y otro aún dormido, disfrutaba la quietud rara de una mañana tardía. Esto es, hasta que escuché unos pasitos en las escaleras y una mezcla revuelta de palabras como “desastre”, “asqueroso” y “popó”.

Cuando entré al cuarto de mi hijo más pequeño, y luego al baño, encontré que él había tenido un accidente, y que éste se había esparcido.

Miré a mi hijo y vi una expresión de horror en su cara. Una mezcla de vergüenza y culpa. Si este escenario hubiese ocurrido en una mañana en la que tuviéramos que salir apresurados a algún lado o en la que mis otros hijos estuvieran en casa, tal vez hubiera respondido con molestia o enojo. Afortunadamente, debido a mi mañana tranquila prolongada, y sin necesidad de apresurarme, le ofrecí amablemente ayuda y consuelo.

«Todo va a estar bien, pequeño. Podemos limpiar esto sin problema. ¿Por qué no te metes a la bañera?» Él se negó rotundamente. Mientras lo convencía a que se metiera, cuanto más se acercaba al desastre más se molestaba.

Finalmente lo calmé y le preparé un baño templado. Mientras se remojaba, me arrodillé para limpiar la habitación. Fue entonces cuando sentí su manita frotando mi espalda mientras decía tiernamente: «Gracias, mamita. Te amo mucho». (Comenzaron las lágrimas.)

¿Qué hubiera pasado si él nunca me hubiera dicho del accidente? ¿Si mi hijo hubiese dejado que su vergüenza no me permitiera limpiar? ¿Si él hubiera seguido alejándome y negando la existencia del desastre porque estaba avergonzado por su presencia? El desastre no hubiera desaparecido. El hedor eventualmente habría alcanzado a mi pequeño. Y él no habría tenido la oportunidad de recordar el amor que tenemos entre nosotros.

¿Cuántas veces hacemos lo mismo con Dios? Mantenemos nuestras peores y más sucias acciones “escondidas” de Él como si Él no pudiera verlas ya en nuestros corazones. Constantemente lo rechazamos y continuamos separándonos en vergüenza, como Adán y Eva en el jardín. Nos sentimos indignas de caminar en Su presencia. Como mi hijo, creemos que limpiar el desastre es demasiado. Olvidamos lo mucho que Él nos ama.

Olvidamos que nadie está demasiado lejos y que ningún desastre es demasiado para Él. Nada en nosotras en ningún momento cambiará Su amor por nosotras. Y cuando Él te ve, Él ve la perfección de Su Hijo.

¿Qué estás tratando de encubrir? ¿Cuáles áreas de tu alma te dan vergüenza revelar? Empieza con una oración sencilla: Dios, sé que nada está oculto de Ti. Elimina la vergüenza. Y cuéntale todas esas cosas que crees que son demasiado para Él.

Después pregúntate a ti misma, ¿qué he estado creyendo? Quizás es algo que has creído acerca de Dios (por ejemplo, “Dios está enojado conmigo”). O algo que has creído sobre otra persona (por ejemplo, “no se puede confiar en las personas”). Quizás sea una creencia errónea sobre ti misma (por ejemplo, “yo no merezco la atención y el cuidado de otras personas'').

Un paso clave para liberarte de las cosas que has estado escondiendo es alinearte con Dios. Ajusta la forma en cómo lo has estado pensado con cómo Él se siente. Este proceso comienza con la confesión. No con una confesión del tipo “pobre de mí” o de autoflagelarte. Simplemente admitiendo tu creencia errónea a Dios.

Algo como: Señor, perdóname. He estado creyendo que puedo satisfacer las necesidades de los demás, que su felicidad y su aprobación se basan en mi desempeño. Yo sé que Tú nos dices que si confesamos, Tú eres fiel y justo para perdonarnos y purificarnos. Ayúdame a entregarte el control.

Después recibe Su perdón y libertad. Verbaliza el aceptarlo: «Señor, recibo Tu perdón». Deja que se derrame sobre y en los demás también.

Padre celestial, gracias porque nada ni nadie es demasiado para Ti. Tu amor y perdón me cubren y me permiten extender ese mismo amor y perdón a los demás. Ayúdame a conectarme con quienes me rodean y a buscar la reconciliación cuando mi desorden interrumpe las relaciones. En el Nombre de Jesús, Amén.

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Hebreos 12:1-2, Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos delante de nosotros puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo que tenía delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. (RVA-2015)

¿Qué parte de tu historia consideras un “desastre demasiado grande” para Dios? Si la llevaras a Dios para ser sanada, ¿cómo impactaría lo que crees sobre Dios, sobre ti misma y los demás? Comparte con nosotras en los comentarios.

© 2021 por Heather MacFadyen. Todos los derechos reservados.

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