Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios ... 2 Corintios 10:5a (NVI)
Hay algo muy poderoso en poner nombre a las cosas.
Cuando el dolor permanece de manera vaga, resulta abrumador. Pero cuando se le pone nombre, se convierte en algo a lo que puedes enfrentarte. Lo mismo ocurre con las mentiras.
La mayoría de nosotras no nos levantamos un día y decidimos creer algo falso sobre nosotras mismas. Ocurre poco a poco. Silenciosamente. Casi de forma imperceptible. Un pensamiento se repite tantas veces que empieza a parecer un hecho, una realidad. Como si eso representara quién soy.
Las mentiras no suelen gritar. Susurran.
Aparecen cuando estás cansada, ansiosa o con miedo. Y antes de que te des cuenta, empiezan a moldear la manera en que te ves a ti misma, cómo te relacionas con los demás e incluso cómo te acercas a Dios. Influyen en tus decisiones, tus hábitos y en las cosas que nunca dices en voz alta.
Me he dado cuenta de que hay tres mentiras fundamentales en las que a menudo creemos:
1. Soy incapaz.
2. No valgo nada.
3. No soy digna de ser amada.
Historias diferentes. Heridas diferentes. Pero a menudo comparten la misma raíz.
La inseguridad dice: Nada va a cambiar nunca, así que ¿para qué intentarlo?
La inutilidad dice: Al final de cuentas, tú no importas.
El rechazo dice: Si la gente te conociera de verdad, no se quedaría contigo.
Quizá reconozcas algunas de estas mentiras de inmediato. Quizá sientas fragmentos de más de una. O quizá aún no estés segura, y eso está bien.
Aquí está la buena noticia: las mentiras pierden su poder cuando salen a la luz. No porque desaparezcan instantáneamente, sino porque ya no pueden operar de manera oculta.
Ponerle nombre a la mentira no significa que nunca más la volverás a oír. Puede que sigas reconociendo su voz. Puede que sigas sintiendo su influencia. Pero ahora sabes con qué te enfrentas. Ya no luchas contra un misterio. Te enfrentas a algo real, y la Verdad de Dios puede encontrarte allí.
Aquí es donde importa la práctica diaria… cómo te hablas a ti misma, a quién invitas a formar parte de tu historia, si te aíslas o te conectas, si te adormeces o permaneces presente.
Las pequeñas decisiones, repetidas a lo largo del tiempo, pueden formar un nuevo ritmo. Una nueva postura. Una nueva manera de caminar en la luz. La verdad no es solo algo en lo que crees. Es algo que practicas.
Es justo eso lo que nos invita a hacer el versículo clave de hoy. “Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios…” (2 Corintios 10:5a). No lo hacemos ignorando las mentiras, sino llevándolas ante la presencia de Dios y comparándolas con lo que Él dice que es verdad.
No te estás quedando atrás. No estás fracasando. Estás justo donde la luz comienza a obrar.
Así que hoy, en lugar de apresurarte a arreglarte a ti misma, haz una pausa y pregúntate lo siguiente: ¿Qué pensamientos surgen cuando estoy cansada, ansiosa o con miedo?
Dios, muéstrame la mentira bajo la que he estado viviendo. Concédeme el valor de nombrarla y sacarla a Tu luz. Reemplaza lo falso por lo verdadero y ayúdame a caminar en libertad hoy. En el Nombre de Jesús, Amén.
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Para profundizar la manera en que las mentiras se enraízan y cómo la verdad nos libera, consulta The Lie You Don’t Know You Believe de Jennie Allen.
Puedes encontrar más aliento y recursos en el website de Jennie, o conéctate con ella a través de su Instagram en @jennieallen.
Juan 8:32, y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. (NVI)
Romanos 12:2a, No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. (NVI)
¿Cuál de estas tres mentiras fundamentales te encuentras creyendo con más frecuencia, y cómo ha influido eso en tus decisiones?
¿Cómo sería sustituir esa mentira por la verdad hoy mismo, de una forma sencilla y práctica? ¡Compártelo con nosotras en los comentarios!
© 2026 por Jennie Allen. Todos los derechos reservados.
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